lunes 2 de enero de 2012

Cuentos kafkianos para consolar a una nena que perdió su muñeca-Nora Viater


Foto: Walking on Sunshine- Luis F. Avilés


Todavía hoy el parque de Steglitz, en Berlín, es puro verde entre las sendas marcadas, entre bancos pintados de rojo. Allí, en 1923, ocurrió una historia que cuenta Dora Diamant, la última mujer de Franz Kafka. Una historia de la que sólo ella supo.

Y la historia es así: una día, mientras paseaba por el parque, la pareja se encontró con una niña que lloraba desesperada. Había perdido su muñeca. Kafka, entonces, le dice que la muñeca no se perdió sino que se fue de viaje. ¿Y él como lo sabe? Porque la muñeca le envió una carta, que él no lleva consigo en ese momento, pero le promete a la niña que al otro día se la entregará. Kafka sostuvo esta ilusión durante dos semanas, entregando en su rol de “cartero de muñecas”, una carta distinta cada día, “enviada” desde Londres, París, desde los lugares más alejados de Berlín. Kafka las leía en voz alta. Hasta que llegó el final, inevitable. Pero la niña –y su tristeza por la pérdida– ya eran otras. Entonces Kafka decidió que la muñeca se casaría. “Tu misma comprenderás que en el futuro tendremos que renunciar a volver a vernos”, le escribe la muñeca –Kafka– a la niña.

Ahora llegó al país, editado por Siruela, Kafka y la muñeca viajera, un libro escrito por el catalán Jordi Sierra i Fabra, con ilustraciones de Pep Montserrat, que ficcionaliza el encuentro entre Kafka y la niña, a quien el escritor llama Elsie.

Si la historia es verdadera o es ficción es un detalle menor. Porque a la belleza de ese encuentro, del que la niña aprende que es posible reparar una pérdida, poner palabra donde sólo había ausencia, se agrega el misterio: ¿Donde estuvo, o está, la chica, ya una mujer de más de 90 años? Y, especialmente: ¿Dónde están las cartas? Dora Diamant cuenta que para el escritor “ era un trabajo, tan esencial como los otros, porque había que preservar a la niña de la decepción costase lo que costase. La mentira debía, por tanto, convertirse en verdad a través de la verdad de la ficción ”.

La historia de la muñeca viajera repicó en varios escritores. El argentino César Aira fue uno de ellos. En 2004, escribió una crónica para el diario El País, de España, en la que contaba que había visto, en un aeropuerto, a una niña que lloraba porque en los controles le habían sacado su muñeca para revisarla. Aira dice: “ Cuando pasaron a mi lado oí a la madre diciéndole: ‘Te juro que no le hicieron nada, te lo juro...’”. Aira recordó, cuando la niña y la muñeca ya habían pasado el examen, la historia de otra muñeca y otra niña, las de Kafka. Dice Aira: “ El contrato de una niña con su muñeca es un contrato semiótico, una creación de sentido, sostenida en la tensión verosímil y la fantasía. De ahí que la anécdota no sea casual: Kafka fue el más grande descubridor de signos de la vida moderna ”.

Aira no fue el único en tomar la historia. Paul Auster la usó en su novela Brooklyn Follies y, en una entrevista, dijo que amaba este relato. “Es una historia maravillosa, que muestra gran compasión”.

Muchos buscaron datos, información. El editor Klaus Wagenbach fue a buscarla al parque Steglitz durante años. Preguntó en las casas del barrio y a los vecinos, publicó avisos en los diarios. Nunca apareció nadie. Nada.

Josef Cermak, miembro de la Comisión Directiva del Centro Franz Kafka de Praga dice en una carta, en la que debate con el escritor Tomás Eloy Martínez, que la primera vez que la amante del escritor contó la historia fue en “Notes inedites de Dora Diamant sur Kafka”, publicada en 1952 en la revista francesa Evidences. En una charla en la Universidad de Rutgers, Estados Unidos, Martínez dijo sobre lo que nunca se encontró: “El único indicio fue una referencia breve, no más de una línea, en una biografía que Ronald Hayman publicó en 1981”.

Para la niña del parque, la masividad llegó con el libro Dora Diamant. El último amor de Kafka, de la escritora norteamericana Käthi Diamant (el apellido es coincidencia). Pero siguen sin aparecer las cartas, la niña para quien fueron escritas, el juguete perdido. Queda hacer una operación similar a la de la niña: en la sustitución está el misterio de tanta belleza.

Tomado de: Revista Ñ.

1 comments:

  1. La anécdota podría interpretarse como una alegoría que en algún sentido explica algunas de las funciones del arte narrativo y la ficción. Primero, con su gesto hacia la niña, Kafka logra que lo perdido, aunque no aparezca, pueda cobrar vida por medio de una ficción verosímil para el receptor del mensaje. La literatura hace aparecer lo que no está, lo que no poseemos, lo que ha desaparecido. Segundo, la ficción nos ayuda a vivir sin lo que no podemos poseer y, con esta ayuda, nos transforma en otros. Luego de varias cartas, la niña ya es otra y Kafka entonces puede casar a la muñeca y separarla de su dueño. La niña, ya cambiada, acepta la pérdida de su juguete (ha entrado ficcionalmente al mundo de los adultos). Tercero, la ficción llena un vacío de la vida humana. Como no podemos tener todo (y debemos aprender a conformarnos con esta realidad de la vida), la ficción nos hace experimentar la posibilidad de vivir con lo que nos falta. Es una función terapéutica que se añade a la función transformativa del yo. Cuarto, la ficción puede ser considerada un regalo. Es algo que se le da al otro que necesita del arte (del artificio y del artista como su creador). Nos ayuda con la complejidad de la vida. Por último, las ficciones crean otras ficciones. Los relatos van expandiéndose, recreándose, adaptándose a otras situaciones, generando una red extensa de oportunidades para otros artistas y para otras niñas que hemos experimentado la pérdida de nuestras muñecas.

    Podría ser que esta anécdota de Kafka sea también un relato aleccionador para las sociedades de excesivo consumo. En ellas a los niños no se les enseña a perder. Las lecciones de estas sociedades promueven la posibilidad de tenerlo todo y si lo tienes todo, ¿qué importa perder un objeto, si puedes tener incontables sustitutos? Y si no tengo otros objetos con que se pueda sustituir esa pérdida, ¿qué mas da, ya que puedo arrebatarle el juguete a otro? Tal vez sea esta la muñeca perdida de las sociedades de consumo: ya no importa tanto perder nada en la abundancia de los objetos. Ya no habrá niños que lloran en el parque por la pérdida, sino la constante satisfacción y sonrisa del que lo tiene todo, o la agresividad y enojo del que le falta algo y se lo quita al otro. ¿Y cuáles serán los escritores de estos niños que nunca lloran, o de esos otros niños que rehusan perder?

    Luis F. Avilés
    University of California, Irvine

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