miércoles 3 de febrero de 2010

Representación inapropiada y género fotográfico: la tragedia de una confusión-Luis F. Avilés

                                                         Foto de Mayra Johnson

Uno de los aspectos más inquietantes de las fotografías de los médicos puertorriqueños en Haití (y lo que de seguro ha impresionado tan negativamente a los que las han visto) es el hecho de que existe una discrepancia muy grande entre su misión humanitaria y el género al que estas fotos parecerían pertenecer. A mi modo de ver, muchas de las fotos pertenecen al género turístico, de viaje, donde usualmente el que posa lo hace para que quede un testimonio de su presencia en determinado lugar. Son las fotos usuales de los viajeros frente a monumentos, estatuas, puentes, edificios, paisajes reconocibles. Se hacen para retener el recuerdo del viaje, su goce, y para mostrar a familiares o amigos. Es un género extendido en el mundo y todo el que tiene una cámara conoce bien este tipo de fotografía.

En cambio, las fotos que podríamos llamar de desastres o eventos significativos, muchas de tipo periodístico, tienen como finalidad representar el dolor humano en una región para así despertar en los espectadores de las mismas la urgencia de ayuda, la compasión o la documentación de una situación particular. Son las fotografías que usualmente toman los reporteros, o las personas que trabajan en el lugar y tienen un conocimiento directo de la situación. Puede ser también el trabajo de fotógrafos profesionales especializados en este tipo de ambientes. Lo que caracteriza a estas fotos es su eventual transmisión pública, generalizada, ya sea en exposiciones o a través de los medios de comunicación.

A mí me parece que la indignación que han suscitado estas fotos procede en parte debido a esta confusión entre géneros. Los médicos no supieron darse cuenta de que muchas de las fotos que ellos tomaron pertenecen al género del turista en un viaje, aunque se arguya que fueron concebidas con propósito documental. El problema surge cuando se cruzan la sonrisa del médico en la sala de operaciones (turista) con la misión humanitaria que va a cumplir (documentación y publicidad futura). Aquí se presenta otro problema: no saber distinguir el tipo de fotos que pueden formar parte de un álbum sobre el trabajo efectuado en Haití. Si nos concentramos meramente en la cuestión del género fotográfico, estos médicos lo que demuestran es una falta de competencia en cuanto a qué tipo de fotos pueden ser parte de un álbum que va a ser expuesto públicamente como testimonio de su misión humanitaria en Haití. No saben construir un álbum de acuerdo a los requisitos y limitaciones que éste impone. No discriminaron y, al hacerlo, dejaron al descubierto una falta de ética.

Existe otro problema que los mismos médicos parecen no reconocer (al menos cuando alguno de ellos le echa la culpa a la periodista que dio a conocer las fotos, sin asumir entera responsabilidad). El hecho de que hayan posado sonrientes frente a cuerpos mutilados, que tomen fotos en las salas de operaciones mirando directamente a la cámara (no continuando su labor de cirugía), que hayan hecho fotos de cuerpos semidesnudos o desnudos de los pacientes, todo ello parece indicar un nivel de insensibilidad que sobrepasa las expectativas de muchos espectadores. Sobre todo dada la magnitud de la tragedia haitiana y lo que se espera de una delegación auspiciada por el pueblo de Puerto Rico.

Y es que las fotos no pueden verse desligadas de la perspectiva de los medios de comunicación y las maneras en que se expone al mundo un desastre de esta magnitud.  Por ejemplo, durante una entrevista de la cadena NBC, uno de los cirujanos de Estados Unidos comenzó a llorar debido al número tan grande de amputaciones que había hecho. En ese mismo reportaje se presentó a unos médicos informándole a una familia haitiana que a su niña había que amputarle la pierna y las cámaras mostraron la devastación de la madre y el sufrimiento de la niña al enterarse. Esta ha sido la manera en que nos han llegado muchas de las noticias desde Haití, y con razón. Frente a este tipo de reportaje, las fotos de los médicos boricuas se presentan de forma parecida a la noticia tan indignante de los barcos turísticos que todavía anclaban en las playas haitianas para disfrutar de ellas mientras Haití sufría los primeros días de su devastación. El barco le imponía a algunos turistas la posición del espectador ante el desastre, una posición incómoda porque esta visita no les permitía ayudar (los ponía en un contexto del disfrute turístico al lado del desastre y el sufrimiento). Las fotos de los médicos serían el opuesto de este espectador: unos profesionales ofreciendo ayuda humanitaria que intervienen positivamente en un desastre pero que a la vez gozan como turistas y se muestran insensibles ante el dolor de los pacientes a los que ayudan.

El problema de la falta de sensibilidad frente al cuerpo del otro podría explicarse de muchas maneras. Algunos comentan que las representaciones del cuerpo maltrecho son tan abundantes en la cultura contemporánea que nos han quitado la posibilidad de sobrecogernos ante el cadáver o el enfermo. El tema de la prensa sensacionalista, su obscenidad y morbo (especialmente cuando se trata de aquellos que han perdido la vida), podría ser otro asunto a elaborarse junto a lo que ha pasado con las fotos en Haití. Otros comentan que los médicos adquieren una capacidad de distanciarse frente al paciente que les ayuda a soportar el dolor humano con el que son confrontados a diario, ese dolor tan grande que afectó al cirujano entrevistado por la NBC. Otros lo achacan más problemáticamente a la cultura de la joda en el país. Sea cual sea la respuesta, lo que sí se puede decir es que los médicos se valieron de las cámaras y asumieron una perspectiva errónea con respecto al contexto donde estaban. No es que sean unos despiadados ni malvados. Es que no supieron ser discretos y prudentes con la cámara. No lograron reprimir cierta psicología del viaje en grupo. Fallaron en asumir a cabalidad el punto de vista del otro, protegiendo así la dignidad del paciente y la suya propia. Digamos que no asumieron el lugar del otro con mayor profundidad ética, puesto que ir a Haití es en sí una expresión de la preocupación por el bienestar del otro. Algo los impulsó a dejarse llevar por las condiciones del viaje y la posesión de un instrumento (la cámara) el cual puede transformarse fácilmente en un arma.

viernes 15 de enero de 2010

Haiti: The State, Diasporas and Disasters-Deepak Lamba Nieves

Nota del Mandril:


Reproducimos este artículo de Deepak Lamba Nieves sobre el desastre acontecido en Haití. El texto fue publicado originalmente en el blog Trans(actions): Trans(acciones). Para leer oprima el enlace:
http://deepakln.com/blog/?p=403



sábado 9 de enero de 2010

Sobre el animal: ética y alegoría-Luis F. Avilés




© Paula Luttringer
De la serie "El matadero" nº8
http://www.phedigital.com/anteriores/html/phe00/textos/plu.htm)



En el verano del año 2000, durante una visita a Madrid, tuve la oportunidad de ver varias de las exposiciones de fotografía en PhotoEspaña 2000. Recuerdo el impacto que me produjo la serie titulada “El matadero”de la reconocida fotógrafa argentina Paula Luttringer. El grupo de fotos en blanco y negro consistía en trabajadores vestidos de blanco en el espacio oscuro y siniestro de un matadero, encargados de llevar a las vacas a su destino final. Las imágenes, muchas de ellas algo desenfocadas y en movimiento, con un notable predominio de sombras, inmediatamente me llamaron la atención. El reconocimiento de una alegoría era inevitable, relacionada no solamente a los desaparecidos en Argentina, sino también con referencia al famoso texto de Esteban Echevarría que lleva el mismo título. Pero algo significativo me ocurrió con las imágenes de Lutttringer. El salto alegórico se me hizo más difícil, más complicado. Si la alegoría tiende a privilegiar ese otro del discurso (su allos), estas imágenes me devolvían a los animales. No es que dejara de pensar en los desaparecidos o todos aquellos que sufren de prisión y tortura. Lo significativo de estas imágenes es que el lenguaje visual que se supone que nos transporte hacia otros significados no me permitía olvidarme de los animales. Es como si el valor traslaticio del componente literal de la alegoría fuese tan importante como el figurativo. No podía escapar a los cuerpos ya inertes de las vacas que pendían de cadenas.


Este diciembre, luego de nueve años del encuentro con la obra de Luttringer, he leído la narración de J. M. Coetzee, Las vidas de los animales, basada en las conferencias que dictó para la Cátedra Tanner de la Universidad de Princeton en 1997-98. Coetzee recurre a un personaje de una de sus novelas, Elizabeth Costello, como una especie de alter ego (una escritora australiana de avanzada edad que va a ofrecer una serie de conferencias sobre los animales en la universidad donde trabaja su hijo).

La lectura de Coetzee me conmovió de una manera inesperada, no tan solo porque despertó en mí el recuerdo de la serie de fotos de “El matadero”, sino también por la trayectoria que ha llevado a la reflexión sobre los seres humanos y los animales luego de los notorios (y tan devastadores) desastres del siglo pasado. En el caso de Elizabeth Costello, para ella es inevitable la comparación entre el destino sufrido por los judíos y otros grupos en los campos de concentración y la matanza de los animales efectuadas hoy en día con una escalofriante eficiencia por nuevas fábricas de exterminio. Ante esta intuición, la cual llega hasta los límites de lo inapropiado (y la novela incluye una carta en respuesta de parte de un judío que rehúsa aceptar esta comparación), Costello confronta un verdadero dilema del pensamiento: si es cierto que vivimos –y en gran medida participamos– de un exterminio a gran escala, ¿entonces cuáles serían los conceptos o categorías del pensamiento que me ayudarían a comprender y actuar éticamente en el mundo? ¿Cuál es el pensamiento sobre el animal que me permitiría asegurarme de que participo o no de un crimen a una escala inimaginable? En otras palabras, Costello debe proponer una respuesta a la pregunta sobre lo que es el animal en relación a nosotros para entonces poder enfrentarse éticamente a una vida compartida con ellos y con los demás seres humanos. La imperiosidad de una respuesta proviene de la posibilidad de que, como seres humanos que somos, vivamos como espectadores silentes de un exterminio, como aquellos residentes a las afueras de Treblinka que optaron por vivir sus vidas en una “ignorancia voluntaria”.


Para lograr responder a esta pregunta, Costello divide su presentación en dos partes que corresponden a las dos únicas secciones de la narración: Los filósofos y los animales y Los poetas y los animales. En la primera, se señalan las fuertes limitaciones que confronta el discurso racional con respecto al conocimiento de los animales. En la segunda, se reinvindica el poder de la literatura para suplementar el discurso racional, ya que es por medio de la poesía que podemos acceder “poéticamente” al lugar del Otro (en este caso, el animal). Costello invoca la reescritura que hace Ted Hughes en sus dos poemas (“The Jaguar” y “A Second Glance at a Jaguar”) del famoso poema de Rilke, “La pantera”. La gran diferencia entre Rilke y Hughes es que en el primero, la pantera enjaulada es representada absolutamente atrapada por los barrotes debido a que se le ha asignado al animal un sentimiento humano (la experiencia que debería sentir un animal tras los barrotes, muy parecida a la de los humanos), mientras que, en el caso de Hughes, el jaguar en el zoológico ya no ve los barrotes y no está aprisionado (“He spins from the bars, but there’s no cage to him”; “Over the cage his horizons come”). Costello concluye que el poema de Hughes “no trata sobre el animal mismo, sino que constituye el testimonio de un compromiso con el animal”. Incluso la protagonista postula este poema no dentro de la economía del regalo, ya que dentro de ésta se instauraría inmediatamente el requisito de una reciprocidad compulsoria, sino como algo absolutamente desinteresado dentro de una economía “íntegramente humana en la que el animal no tiene la menor participación”. Si todavía concibiéramos (de manera algo testaruda) el poema de Hughes dentro de una economía del regalo, en realidad sería un ejemplo del regalo puro, ese que para Derrida no existe porque eliminaría la imposición de devolverlo, de reciprocar, algo que el acto de regalar no puede eliminar del todo. Es un poema sobre la “jaguaridad” del jaguar y nada más (no pide nada del objeto, como sí lo hacen los poemas de amor).

Pienso que nos confrontamos con una propuesta ética distinta. No pretendo exagerar ni moralizar, pero si se impone en nosotros la imperiosidad de evitar por todos los medios la alarmante continuidad de los exterminios masivos (Yugoslavia, Ruanda, Sudán, etc.), entonces me parece que la inclusión de un pensamiento sobre los animales nos permitiría expandir aún más el marco desde donde pensamos sobre nosotros mismos. No es convertir ni al ser humano ni al animal en mera alegoría. De hecho, lo que he expuesto es precisamente una experiencia que va más allá de la jerarquía alegórica del sentido (uno literal que me llevará a un sentido más significativo). Como parte de una representación alegórica en que coexistan el animal y el ser humano, la experiencia me dice que nos enfrentamos al colapso de la alegoría tal y como ocurre con las fotos de Luttringer y que es hasta cierto punto superada por el poema de Hughes. Al menos, lo que podría decir es que no hay jerarquías en el sentido alegórico y, por consiguiente, se impone una especie de democracia del sentido donde lo animal y lo humano permanezcan en igualdad de atención. En otras palabras, las estructuras alegóricas tradicionales que van del animal al ser humano y viceversa ya carecen de sentido en tanto y en cuanto postulen uno de los extremos de la comparación como superior o más significativo que el otro. Tanto en las fotos de Luttringer como en la experiencia de Costello, el llamado del animal es imperioso y su sufrimiento depende de una comparación con nuestro propio sufrimiento. No es que los judíos iban a la cámara de gases como ovejas. Es que junto a ellos van todas las ovejas del mundo.

¿Sería posible vivir la vida sin poder contestar a la pregunta sobre el animal? Si existiera un compromiso ético con el animal, ¿podríamos vivir compartiendo un aspecto de la “ignorancia voluntaria” de aquellos que vivieron en los alrededores de un campo de concentración? ¿Cómo podríamos descubrir el misterio de la relación con el animal sin quizás poder acceder a categorías que guíen nuestro pensamiento? Coetzee evade proponer una respuesta a estas preguntas y seguramente esta es, para mí, la magia de este libro. No hay un llamado al vegetarianismo. El libro entero es una pregunta. Sin embargo, Costello es un personaje que tiene que vivir con respuestas definitivas a estas preguntas y se ve obligada a relacionarse con personas que, al menos potencialmente, le ofrecen los despojos de cuerpos masacrados como parte de los rituales de la hospitalidad, la amistad y la comida. Es un experimento genial sobre cómo concebir una vida ética atrapados en la inseguridad de una intuición.









miércoles 30 de diciembre de 2009

The Khmer Rouge, the Nazis and the Banality of Evil- Erich Follath

Nota del Mandril
En el artículo de Spiegel que reproducimos a continuación, Erich Follath discute las similaridades entre Kaing Guek Eav, dirigente de los Jemeres Rojos conocido como "Duch", quien enfrenta juicio por crímenes contra la humanidad, y  Adolf Eichmann. El artículo replantea la pertinencia de la noción de la "banalidad del mal" esbozada por Hannah Arendt en el juicio contra Eichmann . 
Para leer el artículo oprima el enlace:

miércoles 9 de diciembre de 2009

Proyecto Cine Y.

Oprima el enlace para ver el Proyecto Cine Y. (Pensar y Actuar Desde la Imagen):

http://proyectociney.blogspot.com/

jueves 19 de noviembre de 2009

¿No son todos los crímenes, crímenes de odio?, me pregunta una amiga--Rubén Ríos Ávila

Nota del Mandril:
Compartios este texto del profesor Rubén Ríos Ávila en torno a lo que constituye un crimen de odio.
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Hay crímenes de envidia (aunque la envidia sea quizás la forma más pura del odio), de conveniencia, de necesidad, de cálculo, también hay crímenes banales, superfluos, egoístas, frívolos, y hasta hay crímenes justos, crímenes que se cometen para darle de comer a un niño hambriento. El crimen de odio es otra cosa. No se dirige ni tan siquiera a ti, se dirige a aquello que está en ti más que tú mismo, se dirige a lo que se percibe como aquello que Platón llamaba el agalma, el secreto de tu ser, lo inconfesable de tu deseo, aquello que no se puede elucidar, pero que de un modo inexplicable te pone sobre el tapete como criatura, te expone ante la mirada de todos. El crimen de odio es una flecha dirigida al centro del agalma. Porque hay gente que odia, no lo que tu haces, sino lo que tu eres. Por eso los mozárabes siguieron siendo odiados y perseguidos en España aún muchísimos años después de que hubieran olvidado el árabe y se hubieran cristianizado, porque la sospecha de un solo grano de arabidad en un cuerpo aparentemente cristiano era suficiente para hacer pedazos ese cuerpo y cortarle la cabeza.

La arrogancia de la heterosexualidad y los crímenes de odio-Madeline Román

Nota del Mandril:
En Puerto Rico, el pasado 12 de octubre, el joven de 19 años Jorge Steven López Mercado fue asesinado brutalmente por ser gay. Publicamos aquí  la reflexión de Madeline Román sobre este crimen de odio.*
                                             
Se pregunta Nietzshe en la Genealogía de la Moral, ¿cómo fué que la superioridad política se convirtió en superioridad moral? Es esto lo que se tramita cuando la naturalización de la heterosexualidad produce un punto ciego (a blind spot) que no permite ver la barbarie que ella misma desata.

El brutal asesinato del joven de diecinueve años encontrado en el barrio Guavate de Cayey picado, calcinado y desmembrado junto con las expresiones del agente de la policía encargado de la investigación en torno a que "este tipo de personas cuando se meten a esto y salen a la calle, saben que esto les puede pasar" son el efecto de una subjetivación, de un saber criminológico, de un andamiaje jurídico y de un social marcadamente heterosexista y homofóbico cuyo rostro más evidente es la virulencia contra el otro.

Ya no basta con decir que estamos a favor de la tolerancia y en contra del discrimen. Eso no es suficiente. Se trata de que es necesario producir las condiciones políticas, sociales y culturales amplias en la dirección de conceder a las múltiples y variadas maneras en que los sujetos humanos somos, efectivamente, humanos.

Es necesario producir un posicionamiento político y jurídico a la altura del momento pues la contraparte de los crímenes de odio es el avance de los derechos humanos. Unos derechos que, como es planteado por Fernando Mires, nacieron para la protección y el respeto a las diferencias. Mientras desde el imaginario heteronormativo se entiende que sólo los heterosexuales son hombres y mujeres “reales”, las vidas singulares de la gente y la teorización contemporánea reconoce que no hay linealidad ninguna entre sexo, género y deseo, que las mujeres no tienen el monopolio de lo femenino según como los hombres no tienen el monopolio de lo masculino, que lo no femenino no necesariamente es masculino y viceversa, que hay más cosas en el mundo que en toda nuestra filosofía y que la sexualidad no se agota en ninguna práctica performativa. En fin, concedemos a que si hay algo que nos caracteriza a nosotros los humanos es esta capacidad de producir (inventar) para nosotros una naturaleza, tras otra, tras otra.

Alrededor de la problemática transgénero se libra otro drama de poder, otra “guerra social invisible” y, a más avanzan las fuerzas democráticas del planeta entero contra la tiranía de la heterosexualidad compulsoria, más arrecia la violencia y la mezquindad contra la diferencia que encarna ese otro.El asesinato de este joven de diecinueve años no es otra cosa que un crimen de odio.

*Una versión abreviada de este texto se publicó en el El Nuevo Día.